Lo único propio seguirá siendo nuestro silencio

Marisol Rodríguez

 

Una es la exhibición que se ve en las salas de MARSO y otra la que revela la imaginación después de leer el modesto libro que la acompaña.La introducción a la obra de DanielaLibertad (ciudad de México, 1983) en este volumen a cargo de Luis Felipe Ortega comienza en medio de una frase cortada en el punto 3. Un error, pienso. Imagino el principio, aunque la clave se encuentre a tres renglones: “Si el arte contemporáneo ha de entenderse como un lugar de acontecimiento, de un sucede qué… bien vale la pena preguntarnos cómo se entiende este sucede en el caso de (estas) obra(s).”

 

El lugar del sucede qué (el sucede qué como interrogación ante acciones que ya comenzaron o que ya terminaron, que no esperan) deviene espacio íntimo en estas obras que pueden leerse como una sola en parte gracias a la locación: la casona porfiriana de la colonia Juárez que acoge la muestra. Así, el afortunado recorrido comienza con dos videos que nos introducen al ritual como ancla en la labor de Libertad: las manos en primer plano, una iluminación cálida y cinematográfica, así como la eventual dislocación geográfica, real y simbólica, con que juega (enA del Alba 1) al sobreponer su imagen en movimiento a la del paisaje bucólico en un plato de porcelana.

 

El silencio se lee como ausencia y residuo de acciones de cierta intensidad —como en Der Boden (60 minutes dancing), fotografía en la que (¿tal vez?) se registra la huella que un baile de 60 minutos dejó sobre la grava del piso (o no). Para L. F. Ortega, el enigma siempre presente en la producción de Daniela  Libertad resulta refrescante en el actual panorama de la producción contemporánea. “Todo es tan claro, todos saben claramente de qué se tartan las obras, que ‘enigma’ es una palabra reservada a otras prácticas”, apunta Ortega, “entonces decimos: este artista hace tal cosa, este otro tal otra, su tema es tal… muy pocas veces decimos ‘no sé de qué se trata’. Cuando veo por primera vez las piezas de Daniela siempre tengo esa sensación: no sé de qué se tratan. Sin embargo, sé perfectamente de qué están hechas. Incluso aunque sea el polvo el material —inasible— que las constituye.”

 

La muestra Un cuerpo de luz, un punto de polvo apela a un diálogo profundo con el interior, con la imaginación. Nos presenta una situación o una serie de acciones abiertas —una vez más—, rituales en un sentido casi doméstico, que ruegan ser significadas. El enigma espera ser revelado en obras como Del poder de las palabras, (2011, grafito sobre papel 18.28 cm) serie de hojas de papel con distintas palabras y frases que invitan a ser imaginariamente reconfiguradas (“confíe”,“acepte que duele”, “déjelo ir”).

Por supuesto, al final del ensayo de L.F.O., donde no esperábamos encontrarlos, están los puntos 1 y 2. Su ubicación es indicación e invitación a no dar por sentado espacio ni acción: la tensión que estos dos puntos generan en la mente son el lugar que la artista nos invita a explorar en esta muestra, que permanecerá abierta hasta el 20 de marzo.